Dame amor y llámame tonto.
El pequeño Basilio nació siendo adulto, pero sólo psicológicamente, quizás por consideración hacia su madre. En su pequeña y sobre-evolucionada cabeza se preguntaba qué le podía haber pasado a los otros niños, por qué eran todos tan imbéciles. Mientras el resto de críos se ponían como locos con los sonajeros, el miraba las fotos de las enciclopedias, hasta que no aprendiera a hablar no podía pedir que le enseñaran a leer, claro está.
Al año y medio aprendió a hablar, un año después ya sabía leer y escribir. Los padres, cada vez más atónitos, intentaron meter a su hijo en una escuela de superdotados mientras éste repasaba el temario de las oposiciones a auxiliar administrativo en el ayuntamiento (buscando un futuro asegurado, como su padre). No lo consiguieron porque era muy caro y el pequeño Basilio tuvo que pasar sus primeros años escolares en el colegio del barrio.
Basilio, que no caía bien ni a los perros, cada vez se sentía más sólo junto a los demás niños; de pequeños su imbecilidad era comprensible, pero según pasaban los años nada parecía avanzar en la mente de sus compañeros. La energía que él invertía en aprender ellos la consumían rompiéndole las gafas una y otra vez (qué feliz fue el día en el que le pusieron lentillas).
Pasó el tiempo sin demasiados cambios, Basilio ya era lo suficientemente mayor como para ir a la universidad, bueno no, pero le habían adelantado varios cursos. Él nunca se había interesado por las chicas, no las odiaba, pero ninguna llamó su atención. Quizás fuera el corrillo de gorilas que había alrededor de todas ellas lo que le echaba para atrás. Hasta que de pronto, mientras paseaba de camino a clase, alguien le sonrió excusándose al tropezar con él, estaba nerviosa porque (también) era nueva en la universidad. Se llamaba Celia, era fea pero interesante, rara, se atrevió a pensar que estaba un poco loca. Ella fue la primera persona que se rió con una de sus bromas, y la primera vez que él rió junto a alguien. Basilio paró en seco mirándola, por primera vez no estaba solo. Sintió que se olvidaba de todo… y sonrió.
