San Valentín; el santo de las joyerías.
Y de las floristerías y de las perfumerías… llega esa magnífica fecha, sí. No penséis (como pensaba yo) que esta celebración se la han inventado las grandes superficies, aunque ellas sean las que hacen negocio esta tradición se remonta a la época romana (lo cuento así por encima): El día 14 de febrero se celebraban sacrificios de animales en el lugar donde se cuenta que la loba amamantó a Rómulo y Remo (el Lupercal), este ritual se decía que beneficiaba a la fertilidad de aquellas mujeres con problemas para tener hijos. Más tarde, al terminar la celebración la gente se iba a sus casas a celebrarlo por su cuenta, ya me entendéis. De ahí pasó a decirse que ese era el día de los enamorados, supongo que como una especie de eufenismo.
Ahora lo difícil es resistir a esta fecha, lo que me hace preguntarme cuánto somos capaces de decidir sobre nuestras emociones. Yo, que tengo pareja, me pregunto por qué hay que demostrarse el mutuo amor ese día, si para nosotros en concreto no es nada especial, veo mucho más lógico y especial el tema de los aniversarios.
La gente que no tiene pareja imagino como se siente, odiando este día con todas sus fuerzas, por la empalagosidad o por la envídia de ver tanto amor y tanto corazoncito junto que no tienes a quién regalar.
Por último están aquellas personas a las que les parece una fecha muy especial y a las que si no regalas nada te montan un pollo de tres al cuarto y aquellas que dicen “yo no regalo en los días señalados, sino cuando menos se lo esperan” y efectivamente, la gente pierde la esperanza total de recibir un regalo de esos individuos, ¿Por qué no se dejarán arrastrar por el materialismo? ¡Qué egoístas!
